lunes, 18 de noviembre de 2013

Diario de las Brumas


Día 1, Despertar en el fango


Pocas cosas, en estos días de espada y brujería, hay que atemoricen más a un hombre corriente, que recorrer un pantano de noche.


El monótono sonido de las botas al hundirse en el fango, resonando por el repetitivo e inagotable paisaje, diciendo en cada momento dónde estás a las criaturas que lo pueblan.


Y hay seres macabros. Eso seguro.
La luz de una antorcha no es nada para las noches brumosas y nubladas. Como esta.


Cada retorcida rama, parece el tentáculo macabro de algún demonio sin forma que amenaza con devorarte....
Al menos hasta que lo iluminas con la escasa luz de la tea...
De vuelta a la oscuridad, vuelve a ser un macabro apéndice amenazando....


En este momento, una situación así nos acontece.
Unas personas, aturdidas y sin nada en común salvo el miedo, se encuentran cara a cara, espadas en mano, en un pantano oscuro con unas nubes que amenazan con una tormenta.


Desorbitados ojos, pues cada uno se encontraba en otro sitio hace escasos segundos. Cada uno con un pasado, que ahora, dado el peligro, poco importa.


Torpes amenazas se profieren los protagonistas de este relato, dado que parecen de tierras lejanas entre sí y sus lenguas parecen ligeramente distintas...


"Cabe la precaución de medir las palabras, pues un gesto de respeto de mi tierra puede ser una declaración de amenaza..." ronda este pensamiento en la cabeza de los menos aturdidos.


Uno de ellos, ante la sorpresa y tensión del resto, entona un ensalmo, quizá una plegaria (pensáis por lo rítmico del habla) y una tenue luz mágica os ayuda a reconocer a los forasteros.
Parece que os sentís más relajados, viendo como uno de estos extraños, hace un gesto desinteresado.


Pero quizá eso fue lo que despertó a las bestias.
Pues mientras alguno bajó o incluso envainó su arma, dos de nuestros protagonistas fueron sorprendidos por una pareja de caimanes descomunales.
Uno incluso, probó la sangre pese a la gruesa armadura que llevaba.


Olvidándose de sus diferencias y trabajando como soldados de una misma nación, se convirtieron en una familia de armas, protegiéndose entre ellos.
El combate duró poco, las bestias eligieron mal sus oponentes, no volverán a hacerlo.


Superada la emoción del combate, Borotatu, como así se presentó, examinó a las criaturas. Cuyo tamaño es mayor al de una criatura similar de sus tierras, con más dientes de lo normal, unas escamas más duras y pinchos en su espina dorsal.
Un escalofrío macabro pareció acompañaros a todos.


Mientras Borotatu, recogía carne de los caimanes, Ulfgar se ofreció a utilizar sus dones para sanar mágicamente a los heridos, cosa que vino de perlas a alguno.
Sardaucas, que parecía ser un guerrero bien armado, reconoció el oficio de Ulfgar como clérigo de batalla y admitió ser un Paladín de la noble Orden de la Espada, un rango muy deseado en su tierra, Solamnia.


Gran parte de las miradas se dirigían hacia Erin Bloodroot, una esbelta y silenciosa joven, que parecía estar en apuros contra el caimán, defendiéndose con una daga.
Nada más lejos de la realidad, pues aprovechando una acometida de un compañero y con un ligero salto para agacharse, abrió un profundo corte en el gaznate, que en cuestión de segundos ahogó a la bestia.
Fuese quien fuese, había matado antes, algo que nadie esperaría de ella.


Taelos Gortman, examinó concienzudamente su elaborado bastón, preocupado por si estaba dañado, dado que arremetió con él a un caimán, provocando una macabra lluvia de dientes.


El resto pareció ser más reservado, incluyendo a otro guerrero de rasgos más dispares al resto, cuando se quitó su casco que imita los rasgos de algún demonio de color rojizo.


Borotatu, vestido de pieles y con un gorro con cuernos de ciervo, llamó su atención nuevamente.
"Creo intuir una dirección en este pantano, yo no vivo en ciudades, vivo en la naturaleza, en cierta comunión con ella. Me ofrezco a haceros de guía..."


Eckert Ainsworth, un joven con unos ropajes ciertamente extraños, desde lo alto de un árbol exclamó:
"Da igual la dirección que tomemos, el paisaje es el mismo durante horas...."


Lo cual, desanimó a todos, especialmente a dos guerreros pertrechados con 30 o 40 kilos de metal en sus cuerpos...


Horas de paseo bajo nubes de tormenta, paisajes invariables que parecen ser inalcanzables y cada uno sumido en sus propios recuerdos de antes del pantano...


"¿Cómo es posible que haya llegado aquí?
¿Qué magia macabra está orquestando esto?"


Nuestros héroes se adentran más y más en el pantano, o quizá se alejan de él, lo único cierto aquí es que las nubes negras pronto soltarán su carga y no es sensato estar en un pantano durante una tormenta....


¿Que quién soy yo?....
Eso no es importante, solo soy un espectador, un bardo cantando alabanzas por unas monedas, un niño escuchando un cuento antes de dormir, una corriente de aire que mueve la niebla...


Aún no me temas, sólo he empezado tu adiestramiento....


Día 2, Pantano sin fin.


Tras lo que hubieran jurado como meses, pasaron la mañana de marcha en el pantano.
Sardaucas y Shen Tomotsune, cargados con pesadas armaduras familiares, lo pasaron especialmente mal.
Lanzaban miradas de profunda envidia a Borotatu, que por alguna mística razón, no se hundía en el fango y caminaba casi sin dejar rastro.


Poco antes de la hora del almuerzo tuvieron que detenerse a descansar, no sólo estos dos estaban físicamente agotados, pues era un sentimiento generalizado.
El agotamiento mental también era muy alto, pues el paisaje presentaba al menos una jornada de lo mismo, siempre acompañados de las oscuras nubes, que los perseguía impasible a sus males.


Tras un merecido descanso, en el que aprovecharon para distraerse con relatos y costumbres de sus tierras, tuvieron que reanudar la marcha.
No debían quedar demasiadas horas de luz y la noche es momento de caza para los predadores.


Por fin, un cambio en el paisaje.
Una silueta borrosa para unos, un hombre pescando en una barca para otros.
Sigilosamente, se separaron por si se tratara de una trampa.
Unos irían por su espalda mientras los más sigilosos, irían revisando si era una emboscada.


A escasos cincuenta metros examinaron que en la pequeña laguna, había dos barcas amarradas a una orilla, en las que sólo había un distraído encapuchado.
Al acercarse un poco más, la alegría de ver gente nueva se esfumó.
Una calavera por rostro parecía sonreírles y aferraba inmóvil, una cadena que caía al agua fría y parduzca.


Fueron acercándose más y más, sin que la figura hiciera un solo gesto. Parece ser que murió largo tiempo atrás.
Llegaron a empujarle con un palo y la cabeza cayó al suelo de la barca, sonando un desagradable sonido de huesos rotos.
La cadena se introdujo unos centímetros en el agua.


Rápidamente agarraron la barca e intentaron que no cayese de todo al agua.
Mientras empezaron a tirar de ella, unas burbujas empezaron a surgir.
Primero una tímida y luego rítmicamente, al cabo de unos segundos, tres enormes sapos, del tamaño de ovejas, saltaron hacia ellos.
Si los caimanes no fueron una gran amenaza, menos lo serían unos sapos, por grandes que fueran.


La cadena dio paso a un nuevo misterio, un enorme cofre, que tras examinarlo detenidamente, estaba libre de trampas, contenía dos espadas cortas de excelente manufactura envueltas en una estropeada manta de seda roja.


¿Quién era este hombre y qué hacía con estas espadas en el pantano?


Un silencioso enigma que nadie podría responderles.


Mas interminables horas de paseo dieron paso a la temida oscuridad, pero viniera lo que viniera, no los pillaría desprevenidos de nuevo.


Aprovechando una duna fangosa y ramas de la zona, improvisaron una barricada y establecieron turnos de guardia.
Un curtido guerrero siempre con uno no tan experto, esa fue la ley.


La noche se presentó tan macabra como esperaban.
La humedad aumentaba la sensación de frío a limites cercanos a la escarcha.
El viento jugaba con sonidos macabros y zarandeando ramas y matojos.
El cansancio hacía que las dos horas de guardia, fueran un auténtico castigo.


Casi saltaron lágrimas de júbilo al ver el esperado amanecer.


Pero eso tampoco era un motivo de festejo, pues indicaba que tras un frugal desayuno, continuaría el paseo macabro por el pantano....



Día 3, El camino del desánimo.


Un nuevo amanecer en el cenagal.
Tomándose su tiempo, los héroes desayunan y se preparan para otra jornada en la monotonía.
El júbilo por haber derrotado a las bestias del pantano se había esfumado como las nubes en un día soleado.
Quizá no sea el mejor símil, pues pese a ser de día, casi no hay luz debido a los oscuros nubarrones.
Al menos no ha llovido copiosamente, aunque la humedad de la ropa sea abundante.


El frío paseo matutino dio poco ánimo, los interrogantes de los días anteriores se acumulaban.
¿Qué magia los había llevado allí?
¿Son de fiar estos extraños?
¿Qué misterio entrañan estas espadas?
¿Cuándo encontraremos un pueblo?


Y sumidos en esos pensamientos silenciosos y acompañados por el rítmico tambor de sus pies contra el suelo, pasaron el día.


Borotatu intentó comunicarse con una bandada de cuervos, pero reaccionaron violentamente en su contra.
El sorprendido druida necesitó que sus compañeros espantasen a las bestias aladas.
Nunca un animal reaccionó así ante sus dones.


A media tarde, encontraron un refugio improvisado bajo dos retorcidos árboles.
Era pronto para detenerse, pero eso les ahorraría trabajo y junto con las barcas del lago, les permitiría dormir bajo un buen techo y descansar un poco más de lo debido.


Exploraron la zona en busca de madrigueras, pisadas o animales para cenar, sin éxito.


Una modesta fogata les permitió secarse la ropa y entrar en calor, pero conforme fue anocheciendo, el sentido común les invitó a apagar algo que les hacía tan visibles en esta tierra macabra.


Las guardias nocturnas comenzaron.
Otra noche apacible, con cambios de turno sin novedad.
De pronto Sardaucas y Erin, que estaban de guardia, se vieron sorprendidos por un grito de pánico.


Borotatu, que estaba encaramado a un árbol (como era costumbre de su pueblo), salió lanzado hacia el cenagal, llevándose un fuerte impacto contra el fango.


Los dos retorcidos árboles habían cobrado vida y uno había lanzado a su amigo y el otro arremetía contra el refugio con su brazo rama, destrozándolo por completo.
Gracias a las barcas, los durmientes pudieron salvarse, aunque Ulfgar se llevó la peor parte del impacto y no despertó, quizá Pelor lo habría reclamado a su lado.


Erin desenvainó una de sus dagas, que surcando el cielo golpeó al árbol cerca del macabro rostro que había aparecido en su tronco.
Aunque se clavó profundamente, no pareció inmutarse.


Sardaucas arremetió con su espada, aferrada fuertemente con ambas manos. Un golpe así, había abierto profundos cortes en armaduras de buen metal, pero no hizo más que ligeras mellas en el ramaje.


Shen se interpuso, katana en mano en el camino entre los árboles y Eckert y Taelos, que arrastraban a Ulfgar lejos de los árboles.


Debieron pensar que alejarse de los árboles los salvaría.
Nadie esperaba que sacasen las piernas raíces y los siguieran.


Taelos se acercó, moviendo las manos en el aire y de pronto, unas llamaradas salieron de sus dedos cual aliento de dragón.
Sería cosa de la noche y la súbita luz, pero sus tatuajes parecieron refulgir con luz propia.


Shen fue golpeado por una rama y Erin también.


Por suerte, el fuego parecía morder la madera negra y los fue debilitando.
Instantes después nuestros heridos amigos, habían vencido a los macabros demonios de madera.


Estaban heridos, agotados y aunque no lo admitieron, aterrados.


¿Qué es esta tierra?
¿Es algún tipo de tortura maligna?
¿Por qué ellos?
¿Cuándo obtendrían alguna respuesta?


Día 4 No funciona bien.


Exhaustos se alejaron de la fogata macabra.
Los árboles de negra madera ardían con una llamas danzantes, burlonas y tétricas.


Cogieron sus cosas atolondradamente y como niño que cree ser seguido por los demonios que habitan en la oscuridad.
Media hora después tuvieron que parar.


Algunos estaban heridos, otros no habían dormido y había que reagruparse.
Estaban todos, no habían perdido ningún objeto de valor y no había ninguna herida que no pudieran remediar.


"Es imperativo asegurar la zona y descansar, aun siendo de día" fue el consenso que alcanzaron.
Todos pudieron descansar unas horas, aunque fuese de día, que es la mejor opción de viaje en estas condiciones.


Borotatu insistió en que lo mejor que podían hacer era utilizar de nuevo su don para convocar animales.
Nadie había previsto lo que iba a pasar.
Todos escucharon la letanía del conjuro , con esperanza de llevar a un pueblo, ciudad, puerto...


Siete seres aparecieron en unos minutos, salvajes y grotescos caimanes de este pantano.
Y no tenían pinta de estar bajo mando...


El combate era inevitable...
Pelor, a través de Ulfgar enredó a dos entre las raíces de árboles.
Eckert y Erin, al unísono empezaron a arrojar dagas.
Shen, cargó contra las alimañas, pero el barro le hizo resbalar.
Taelos y Borotatu se defendían con sus bastones.


Derrotaron a las bestias sin mucha complicación, pero se mascaba la tensión.


Horas de paseo, ya de noche, les condujeron a una fogata lejana.
Con precaución se aproximaron a ver qué deparaba.
Un carromato cirquense, unas voces en lenguas extrañas y niños correteando... No daba la impresión de trampa.


Una familia de errantes Vistanis, les ofrecieron la comodidad de su fuego y su guiso calentito, a cambio de unas monedillas.
Scarengi, el patriarca presentó a su familia.
Contestó amablemente a las preguntas de los forasteros.
-Al parecer por aquí no se reza a ningún dios.
-El pantano, es inmenso y habita un mal al que llaman "Dios del Pantano"
-Marais está a unos dos días en una dirección y Port a más de una semana.
-La familia Tarascon gobernaba Marais, pero ya no.
-"Marais, es mal. Y hablar del mal es invitarlo a cenar"


Tras la cena, se oyó toser dentro de Vardo (como se referían a su carromato) dijeron que era Valana, su hija que "ser débil por su don", a lo cual Sardaucas con su dote curativa, ayudó un poco.


Se ofreció a leerles la fortuna en las runas "tralaks" gratis, gran gesto, pues los ingresos de esta familia se basan en ello y en la habilidad con la espada de Carloni, el hijo mayor.


Entrando en una especie de trance, Valana lanza las runas a una sartén con vino y exclama
-"¡El perdido os ha llamado!"- El resto de la familia hace un gesto para espantar el mal- "La muerte caminará con la tormenta venidera y han de ponerla a descansar. ¡De lo contrario, la lluvia se tornará en sangre y ahogará a todos en Marais!"


Rápidamente, la mujer de Scarengi, Rayana, mete a los niños en el carromato.
"Será mejor que durmamos, quédense en el fuego si quieren" y haciendo oídos sordos a los héroes, se meten en Vardo y cierran con varios trancones.
Sólo Carloni, en la zona del conductor, queda fuera del carro.
Aferrando su estoque, se recoloca la capa y se tumba vigilando a sus vecinos.


La compañía, establece las guardias como de costumbre, bastantes desgracias han pasado ya y no han recibido buenas nuevas esta noche.


La noche sucede tensa y fría.
Tanto por humor como por la compañía vecina.
Los ojos de Carloni, aunque oscuros, refulgen con el brillo de la hoguera, examinando cada gesto.


Súbitamente y sin razón aparente, el carro se pone a andar sólo.
Dos ponis y una mula tiran de él sin problema.
Incluso con el abundante fango.
En unos minutos, el carromato se convierte en una silueta entre la niebla matutina.


Sólo una cosa demuestra que han estado allí, un pañuelo blanco.
Con un mensaje escrito con letra temblorosa.


"Cuidado con el loco. Cuidado con su sangre"....


Día 5 La casa del árbol.


La niebla de la mañana era oscura, un gris tan oscuro que hasta costaba ver la mano a un metro de distancia.


Las palabras de Valana, parecen hacer eco en la densa mañana:
Valana lanza las runas a una sartén con vino y exclama
-"¡El perdido os ha llamado! La muerte caminará con la tormenta venidera y han de ponerla a descansar. ¡De lo contrario, la lluvia se tornará en sangre y ahogará a todos en Marais!"


Marais, está más cerca que Port y tanto pantano parece estar minando los ánimos, pero las palabras de Scarengi "Marais, es el mal" tampoco animan a visitarlo.
Hay que estar listo para cualquier cosa.


En esos pensamientos estaban sumidos, cuando vieron una casa.
A unos metros, suspendida en el aire.
Al acercarse más pudieron ver que no era cosa de magia, sino que la estructura, estaba en un árbol.


Unos minutos de sigiloso y cautelar paseo les llevaron hasta la base, donde esperaron escuchar algún ruido.
Cosa que no pasó.


Taelos y Borotatu decidieron encaramarse por la escalerilla y Eckert, dudando del druida (en su mundo, se portan de forma extraña) decidió subir con ellos.
Allí vieron a un niño leyendo un libro.
De, no más de diez años, con una ropa de buena calidad, algo a lo que un granjero no podría acceder, aunque en mal estado.
Tampoco le vendría nada mal un baño.


"Hola muchacho, ¿quién eres? ¿Vives solo?" fueron las primeras palabras que pareció no escuchar, pues no apartó la mirada de su libro.
Unas mantas y cuatro barriles terminaban la decoración.
Examinaron los barriles y vieron que dos se trataban de agua potable y los otros dos, salchichas conservadas en una especie de agua salada.


Tan concentrado estaba el niño, que fueron a moverle el libro.
Su única reacción fue levantar torpemente la mirada, buscar con sus dilatadas pupilas un rostro y exclamar.
"Injira destino, con espantos ha de vivir, su maldición condenando a todos, revertir."


Tras esto, se levantó, dejando caer al suelo el libro, llenó un cacillo de agua de un tonel y se puso a mirar el pantano por un ventanuco, con su mirada perdida.


Tras la sorpresiva reacción, cuando fueron capaces de moverse, examinaron el libro.
Un libro con las tapas forradas de cuero marrón, que al ojearlo, pareció ser un libro de cuentos, sólo una cosa había escrita, una dedicatoria en la primera página, que rezaba "Para Luque mi querido hermano. Con amor, Marcel."


Se apresuraron a llamar Luque al niño, sin obtener respuesta.
Tampoco respondió con Marcel.


Avisaron al resto de gente, que no había peligro y fueron subiendo por turnos a examinar si el chaval tenía heridas, la comida estaba o no envenenada y si andaba bajo algún hechizo.


Puesto que todo estaba bien, decidieron dejar allí al muchacho, pues era evidente que alguien le llevaba comida (un chico no podría subir esos barriles) y al poco de alejarse del árbol, salió tras de ellos con su libro y su manta.


Esta vez tampoco dijo nada, pero algo evidente les hizo ver que apreciaba la compañía, les cogía de las capas como un hijo va de la mano de un padre.


Esa noche, ante el calor de la hoguera y una cena caliente, durante un pequeño instante, pareció esgrimir una silenciosa sonrisa al dormir.


Esa noche, pese al frío y oscuro e inagotable pantano, todos tuvieron un momento de paz.


Día 6 Marais.


La guardia del alba despertó a la compañía, pero nadie diría que fuera de día, las nubes, más grandes y negras impedían casi por completo que el lejano sol alumbrase.


De nuevo, tocaba paseo por el pantano.


Horas más tarde, cerca de la hora de la comida lo vieron.
En un pequeño valle, un pequeño pueblo, plagado de huertos y en una loma un macabro cementerio.
Quizá no muy acogedor, pero una gran visión sin fango en el suelo.


Media hora de bajada de loma y ya se hallaban paseando entre sus silenciosas calles.
Ni un alma a la vista, las casas cerradas, una panadería y una taberna cerradas (pese a el ruido de caballos tras el muro) les hicieron pensar que estaba abandonado.


De pronto, unas campanas sonaron.
Una multitud peregrinaba, entre murmullos y pasos rítmicos, tras un carromato en el que un clérigo iba en pie junto a un féretro.


Se acercaron a la multitud y pudieron escuchar el murmullo de la gente,
"Pobre Jeremiah",
"Espero que no pase lo de la última vez", "mirad, unos extranjeros, como si no tuviéramos bastante con esto",
"Tantos años riéndonos y al final tenía razón Mordu con lo del Dios del Pantano".


Pronto se encaminaron hacia la loma del cementerio.
Erin y Sardaucas, decidieron meterse entre la multitud, ella con una pasmosa rapidez, desapareció.
Sardaucas, sin embargo, pese a intentar taparse con la capa, atraía cada vez más miradas.


Taelos, decidió quedarse con el pequeño cerca de la Plaza y mientras Eckert y Shen decidían qué hacer sucedió algo extraño.
Un escalofrío extraño recorrió la espalda de Borotatu, una sensación de culpa por la muerte de los caimanes del pantano le invadió súbitamente, le costaba respirar.
Sus rodillas se doblaban por el peso de la culpa y una lágrima roja brotó de su nariz. Un pitido agudo fue parte de la respuesta a sus "¿qué está pasando?" y el tiempo pareció ralentizarse.


Taelos y Eckert fueron a ayudarle a levantarse y ver qué pasaba cuando la voz del niño, empeoró la escena.
"De madre severa el niño sin vida ha encontrado, los heraldos de los males, aquella vez en la noche encontrado".
Taelos pidió a Eckert que fuera a buscar a Sardaucas, para ver qué hacer en este caso, mientras Shen ayudaba a tumbar al extraño druida.


Erin llegaba casi al carromato, unas viejas cotorras y plañideras la habían enfadado al meterse con sus ropajes.
"Marimacho, fulana, hortera y matona solterona" fueron parte de las perlas que soltaron, por suerte para ellas, Erin vio algo raro que llamó su atención, el ataúd estaba repleto de cadenas.
Cuando llegó hasta casi las ruedas, pudo ver que un hombre estaba sentado encima del sarcófago y rebotaba en exceso.
Cuando el clérigo paró terminó un ensalmo pudo oír claramente decir, "Jeremiah, estate quieto".
Como un relámpago fue a buscar a Sardaucas, el muerto seguía vivo...


Prácticamente, Eckert y Erin llegaron a la vez pidiendo ayuda a Sardaucas.
Tras explicar cada caso, tomaron la decisión de ayudar al del ataúd, dado que estaban casi en la puerta del cementerio.


Buscaron al que oficiaba las plegarias, un clérigo al que la gente llamaba "Shaman Brucien" y le hablaron acerca del movimiento del ataúd a lo que dijo secamente "Luego os lo explico, forasteros"
Mientras bajaban el cofre, para darle reposo, aún con cadenas.


Brucien dedicó unas extrañas últimas palabras al difunto
"Jeremiah era un hombre querido y respetado en Marais, su pérdida en estos días no sorprende, aunque pesa.
Parte de este plano al siguiente, pues aquí no serás bienvenido...."


Eckert, que ayudó a las buenas gentes a enterrar al muerto, juró y perjuró que vio salir una mano a través de la madera.


Más tarde en casa de Brucien, les contó que ese niño, es Luque d'Tarascon actual heredero de la fortuna de la familia d'Tarascon, la finca más próspera del pueblo.
Él mismo llevó a Luque a la casa del pantano pues teme que Gremin, el Condestable, asesine al chaval y reclame sus tierras y fortuna para sí mismo.
Antes de la mayoría de edad de Jean y Marcel, tras la muerte del padre de estos, Gremin fue nombrado Condestable.
Jean y Marcel son los hermanos mellizos de Luque, pero una tétrica noche, Luque desapareció y estos fueron a buscar.
Horas más tarde, llamaron a su puerta, era Luque, que nervioso y sin poder decir palabra, señaló hacia Jean, que traía el cuerpo inerte de Marcel.


Brucien intentó usar su don curativo, pero no resultó, al parecer Marcel llevaba muerto largo rato y excedía de su poder.
Jean salió rabioso de la casa, gritando.
Brucien entendió que debía dejarle su tiempo, pero desde entonces, no se le ha vuelto a ver.
Y Luque no volvió a hablar.
Brucien suponía que Luque se perdió por el pantano Marcel fue atacado, a juzgar por sus heridas, por caimanes.


Tras largo rato hablando con él, fueron a hablar con Mordu, para preguntarle por el Dios del Pantano, resultó ser un demente, que estaba obsesionado con acumular libros y papiros sobre ese tema (muchos de los de su extensa biblioteca eran de la misma letra, la suya), aunque un libro de mago fue hallado y Taelos negoció su cambio por "dulces de raíz", a los cuales Mordu se considera adicto.


Tras horas de charla y desvarío de este y de degustar su "famoso té de piedras" fueron a ver a Deruno, el enano que regentaba la tienda más variada del pueblo.


Deruno, es de raza enana y no pertenece a este mundo, pero al que llegó hace unos treinta años.
Su amigo Falconi, el único mago que recuerdan en Marais, unos aspirantes a guerreros de Port y algún aldeano, fueron en busca del Dios de Pantano hace unos veinte años, pero sólo encontraron el esqueleto de un dragón, que sorpresivamente, cobró vida y atacó.
Sólo Falconi y Deruno consiguieron escapar, pero Falconi con grandes heridas y Deruno, sin pierna derecha ahora remplazada de una de madera.
Falconi murió hace unos doce años, a la edad de cincuenta, de muerte natural. En su casa, ahora vive una pareja de recién casados, bajo permiso del Condestable Gremin.
Compraron unas dagas enanas, hechas orgullosamente por Deruno y se retiraron a buscar la casa de Falconi.


Guillaume y Laurelle abrieron la puerta y les pidieron que por favor, volvieran mañana al atardecer, pues estaban exhaustos por su trabajo en la finca Tarascon y pondrían precio a los artículos que les interesaran de Falconi.
Allí recolectan tabaco, algodón y cebada.
La mitad del pueblo, trabaja allí.


Su siguiente paso les llevó a la posada de la Luna Llena, regentado por una rechoncha pareja y tres apuestas camareras.
Katha, les interrogó, pues eran la novedad en Marais y estos tiempos, macabros y peligrosos.
Tras eso, Katha empezó a chismorrear con ellos acerca de "las sombras" que matan a la gente por la noche, si salen a la calle; Hace tres semanas mientras Katha estaba descansando en la cocina, Françoise, cayó muerto en el comedor, sin explicación aparente. Esa noche había un olor apestoso que venía con el frío viento; Una maldición asola Marais, la gente que muere se levanta violenta como sonámbulos, dicen que fueron los Vistanis errantes.


Tras cenar un guiso y reservar habitación, Sardaucas se disculpó y subió a su camastro y Luque fue tras él, agotado.
El resto, decidió salir, desoyendo las advertencias de Katha, para ver si encontraban rastro de "las sombras".


Tras dos horas de paseo, oyeron un grito, casi al otro extremo del pueblo y al llegar, había aldeanos con antorchas y el Condestable.
Quien no disimuló su desagrado al verlos.
Alguien había sido asesinado, sin marcas de garras o armas de filo, pero tenía la garganta totalmente abierta.
Un dulce de raíz preside el charco de sangre fresca.


Los Héroes ataron el cuerpo del difunto y lo llevaron a la cabaña de Pierrot, el sepulturero, que por las noches se encierra en su casa y bebe hasta que cae en sopor.


Los aventureros decidieron, así mismo, velar el cadáver toda la noche frente a la puerta de Pierrot.


Día 7 Un pueblo acogedor.


Cuando Pierrot se despertó, había unos extraños en su puerta.
Velando el cadáver de un agricultor que él conocía de las largas noches de juerga en la taberna.
Lo mejor para un amanecer de resaca, un amigo muerto.


Shen y Sardaucas dejaron el cuerpo en un ataúd mientras el resto hacía preguntas a un medio borracho Pierrot.


Sin respuestas, partieron a casa del "Shaman Brucien", que estaba desayunando con un invitado, el Condestable Gremin.
Pese a ser las dos personas más influyentes del pueblo y tener trato diario, algo no gustó a la compañía de héroes visitantes.
Quizá el medallón de plata que llevaba Brucien tuviera algo que ver.
Él afirmó que es un símbolo de su dios, Kelemvor, un dios que juzga al morir, que Shen afirmó, conocía de oídas.
Pero, algo no les olía bien.


Fordred, el silencioso clérigo que les acompañaba les sacó de dudas, él también servía a Kelemvor, un dios que juzga los actos de los hombres al morir y está en guerra con los muertos vivientes.


Tras un rato de charla, decidieron que debían obtener más respuestas y fueron a la fuente más directa, la finca Tarascon.


Tardarían cerca de dos horas en recorrer los casi ocho kilómetros de marcha con todo el equipo y sin caballos.


Al llegar, vieron que era la única plantación delimitada por una cerca, aunque el metro y poco no era demasiado impedimento de entrada, aun así, había un arco de entrada con un cartel que rezaba "Familia D'Tarascon"


Una mansión de cuatro plantas se veía majestuosa al final de un camino flanqueado por plantaciones de maíz, trigo, algodón y tabaco, atestadas de trabajadores faenando.


Debían atraer las miradas de los trabajadores, pues Gilles, el capataz, salió raudo al encuentro de los héroes.
Contestando a sus preguntas, les explicó que él se encargaba del administrar el trabajo de campo, pero que el que llevaba las cuentas y demás de la casa es Jules, el jefe de mayordomos.
Les acompañó hasta el porche y les pidió que esperaran allí.


Pasó más de media hora sin que nadie saliera a recibirles.


Decidieron asomarse al recibidor para ver si se habrían olvidado de ellos. El lujoso recibidor se veía ciertamente majestuoso pero había un pestilente olor a muerte en el ambiente.
Habían de prepararse, algo estaba pasando aquí también.


Exploraron la planta baja, compuesta por la cocina, la despensa, un amplio salón, una modesta biblioteca, las escaleras de subida a las habitaciones y las de bajada a un almacén, que era la fuente del hedor.


Bajaron con cautela y con las armas en ristre al almacén, pero no esperaban tal visión.
Dos ciervos y el cuerpo de una mujer estaban colgados del techo, para que algo, se diera un macabro festín.
Algunos de los héroes, se vieron afectados por la visión macabra y llegaron a sentir mareo, claustrofobia y un nerviosismo por estar allí.
Eckert se quedó de guardia en las escaleras para no verse afectado y "guardar que nadie les sorprendiera allí".
Mantas, ropa "vieja" y víveres había allí.
Shen y Fordred bajaron el cadáver de la mujer, examinando junto con Borotatu los mordiscos, que no parecían de animal.
Envolvieron el cuerpo en una manta, prometiéndole darle un funeral adecuado.


Se dirigieron hacia la primera planta, pero en el rellano de la primera planta se vieron sorprendidos por otra desagradable sorpresa un goteo de sangre en las escaleras les mostraba un gran charco de sangre, presidido por una mano.
No cercenada, arrancada a la fuerza.


El rastro de sangre llevaba a la primera planta, en concreto a una de las diez habitaciones que había.
Shen no pudo contener su furia y abrió la puerta de una patada.


La visión aterradora les golpeó a todos en lo más hondo del alma.
Dos de las sirvientas, cuya piel ahora era azulada estaban devorando a Gilles.
Alzaron la mirada rojiza hacia los héroes y cargaron contra ellos.


Fordred y Shen iban en cabeza y recibieron a los monstruos.
En circunstancias normales, no habrían sido reto, pero se sentían excesivamente torpes, el horror les afectaba más de lo que admitirían jamás.
Shen fue golpeado duramente por una criada y sintió como el peso de la espada y de la armadura era mayor.
Fue entonces cuando algo inesperado sucedió, su armadura familiar, orgullo del clan Tomotsune, empezó a transformarse en una capa de piel demoníaca de color rojo, el casco ya no era un casco que imitara las facciones de un rojo demonio para asustar a los enemigos.


ERA una cabeza de demonio.


Eckert, Borotatu y Taelos se unieron a la lucha cuerpo a cuerpo contra una de las doncellas.
Taelos, golpeando con su bastón, le rompió asquerosamente una rodilla, pero el ser, no mostró síntomas de dolor.


La otra intentó golpear a Eckert, cosa que el demonio-Shen no permitió, absorbiendo el golpe con su cuerpo.
Hincó rodillas por el dolor, pero se puso en pie en breve, de alguna forma, la armadura le había curado el dolor.


Un tenso combate que acabó con las bestias necrófagas muertas y con Shen, muy gravemente herido, ya con su armadura en su estado normal.
Fordred tuvo que estar largo rato usando su don para que Shen pudiera si quiera caminar.


Inspeccionando el cuarto, encontraron el cadáver de Gilles al que amortajaron con una manta, y unas diez literas, las otras habitaciones también tenían la misma decoración sencilla y literas, lo cual les hizo pensar que podían ser para que pudieran pasar la noche los trabajadores en caso de tormenta como la que se prevé estos días o emergencia similar.


El siguiente piso, tenía menos habitaciones, pero más grandes y de mejor calidad, supusieron que para invitados.
Y en el último piso sólo cuatro puertas cada uno con un cartel de bronce.
"Luque"
"Jean"
"Marcel"
"Adrien y Sylvine"


Escucharos ruidos en la habitación de matrimonio, con cuidado Eckert, abrió la puerta y vio horrorizado que cuatro siluetas se daban un festín.
Esta vez jugarían mejor su factor sorpresa.
Taelos lanzó un conjuro de fuerza a Shen y Fordred cuando todo estuvo listo, entró en la habitación, castigando a esas bestias muertas vivientes con la ira de Kelemvor.


Ese resplandor del anillo de Fordred, provocado por su fe, hizo que las impías bestias se arrinconaran, huyendo de él.
Shen con su nueva fuerza mágica acabó con ellos sin esfuerzo.
Mientras los demás inspeccionaban la estancia.
Eckert se quedó petrificado por los cuatro cuerpos de aldeanos a medio comer, en la cama de matrimonio, Borotatu estudió los rostros de un cuadro frente a la gigantesca cama, en él una pareja sostenía un bebé junto a los pequeños idénticos, muy parecidos a Luque.
Taelos miró en un secreter y encontró una pulsera de oro y unos pendientes y sin saber muy bien porqué, los metió en su bolsillo.


Shen y Fordred amortajaron a los aldeanos con las mantas ensangrentadas, mientras vieron que "las bestias" eran dos doncellas, un mayordomo y otro sirviente que iba mejor vestido, sin duda quien hubiera podido darles respuestas, Jules el jefe de mayordomos.


Eckert, con su experiencia en buscar objetos, encontró bajo la cama un tablón suelto donde escondían las joyas buenas.
Shen vio lo que planeaba y lo guardó en su sitio.
"Eso pertenece a la familia Tarascon, ahora es heredad de Luque."


Lo cual no gustó demasiado a Eckert.


Investigaron las otras habitaciones, la de Marcel tenía una buena biblioteca, la de Jean ropa elegante y los libros de contabilidad de la hacienda y la de Luque, juguetes de madera.


Borotatu decidió coger un oso de trapo y Shen le dijo que lo dejara en su sitio, este se defendió diciendo que se lo pensaba llevar a Luque, a ver si mejoraba su estado.
Eckert entonces, ladinamente comentó "No como Taelos, que ha cogido una pulsera de oro", cosa que enfureció a Shen.
Mientras registraba los bolsillos del asustado Taelos, fue a recoger el botín que había escondido.


Cuando volvió seguían discutiendo.


Fordred llamó a la calma, diciendo que le ayudasen a bajar los cuerpos para darles fuego, para evitar que se alzaran como zombis.
Consiguió que los ánimos se calmaran y Borotatu fue a caballo a buscar a Brucien, para que viese la situación y hablase con los trabajadores.


Fordred ofició una pequeña ceremonia de despedida y prendieron una gran pira con los cadáveres. Eso le hizo ganarse el favor de Brucien, viendo que efectivamente, era un hermano de Kelemvor.


Pidieron a los traumatizados trabajadores que se fueran a casa, demasiadas sorpresas desagradables en un día.
Vieron a Laurelle y Guillaume e intentaron retomar el tema de las posesiones de Falconi, a lo cual, quedarían en darles un precio justo a las cosas que ellos tenían.


Laurelle y Guillaume comentaron, que no tenían comida preparada dado que solían comer en la finca Tarascon, que aunque fuera un lujo, pues costaba una moneda de plata, deberían comer en la Posada de La Luna Llena.
Taelos dijo que hoy ellos serían sus invitados.


La posada se encontraba abarrotada, ya que muchos jornaleros habían tenido la misma idea, aparte de los viajantes de Port, cuyos negocios parecían no haber acabado.


Justo antes de pasar al segundo plato, un jornalero, cayó muerto sobre su plato, justo como Katha, dijo que pasó hace unas semanas.
Mientras intentaron reanimarlo, otro aldeano en la otra punta del local, cayó al suelo muerto.


Fordred viendo que estaban muertos y muy posiblemente se alzarían como muertos vivientes, los decapitó con su espada.


Jerald el posadero al ver la reacción de los extranjeros y la furia de los habitantes de Marais, decidió expulsar a los héroes de la posada.


Así pues, fueron a la antigua casa de Falconi, con sus propietarios actuales, Laurelle y Guillaume.
Inspeccionaron la pequeña casa y tras una librería, encontraron un pasaje secreto.
Tras detonar dos trampas, vieron al fondo de un pasaje un cofre, Eckert se acercó percatándose de que dos estatuas, flanqueaban el acceso al rellano.
Al intentar ver si había trampas en las estatuas, estas golpearon duramente con sus hachas de piedra al unísono al perplejo Eckert.


Taelos pensó que al ser el tesoro de un mago, habría una palabra de mando para desactivar las trampas, así que gritó "Falconi" y escucharon ruidos de piedra moviéndose.


Erin se aproximó al cofre, mientras Fordred trataba las heridas de Eckert, pero Erin también fue golpeada por las estatuas aunque en menor grado, porque en cierta manera, se lo esperaba.


Tras unos instantes pensando qué podría desactivar la trampa, alguien acertó a decir "Deruno" el nombre del enano del almacén, que eran grandes amigos.


Erin y Eckert se aproximaron al cofre, con cautela, mandando alejarse a todos, por si detonaban otra trampa.
Pero ya no había más.
Sólo un cofre con el libro de conjuros de Falconi, un pomo de bastón de oro de un lobo rampante, una daga de plata grabada con un águila y las iniciales "V.R." y unos pergaminos.


Escondieron todo y se fueron de allí, lamentando no haber "encontrado nada".


Tras una tarde en la que fueron a hablar con Lousie la panadera, Deruno, Brucien y Gremin fueron a la posada a examinar lo que hallaron en la casa.


Tras cenar, decidieron ir al cementerio, a ver si los rumores de fantasmas y muertos andantes eran ciertos.


Entonces, la sombra salió a su encuentro.
Agazapada en un tejado, esperó a que estuvieran cerca, saltó sobre Erin y rodó hacia una pared para que no tomaran su espalda.
Un grotesco hombre con un brazo izquierdo enorme, un ojo amarillo y que les amenazaba con una daga dijo...


"No deberíais haber venido a Marais y mucho menos, con ese cachorro de hermano mío.
Ahora vuestras manos estarán manchadas de su sangre.
Pues moriréis bajo la mano de Jean d'Tarascon..."


Tras una cruenta batalla, derrotaron al demente Jean, que por alguna extraña razón, se estaba volviendo una especie de bestia.


Luque, se arrodilló y mientras mecía el pelo de su difunto hermano, soltó unas lágrimas y dijo "Por el hijo de los Soles, séptima vez se ha de enviar de gritos a una eternidad al bribón, para levantar"


El Condestable Gremin y el Shaman Brucien, aparecieron al poco junto con otros aldeanos.


Gremin dijo: "Como veis, las muertes que atribuíamos a una maldición, o a "las sombras" no eran otra cosa que asesinatos perpetrados por Jean d'Tarascon, que se había transformado en una bestia. Mañana enterraremos a los muertos y festejaremos los actos de estos héroes y la liberación de Marais".


Una fina lluvia, los acompañó de camino a la posada...